Battiato íntimo

Sabía que le importaría un pimiento, pero yo se lo tenía que contar igual. Tenía que decirle a Franco Battiato que sus canciones condujeron mi vida hacia Italia y que ese camino determinó mi vida para siempre.

Se lo dije y, efectivamente, no le interesó demasiado la historia. Pero aquello fue al final de una conversación memorable -para mí-, en la que el maestro me reveló cuáles eran sus álbumes de Franco Battiato favoritos. Coincidíamos en algunos. Creo que los de mi lista eran mejores; pero, claro, eso no se lo podía decir. A fin de cuentas él era Franco Battiato.

Me permití observar, en cambio, que sus canciones en español perdían gran parte de su valor maravilloso. Me dio la razón, pero a la noche siguiente cantó sus viejos éxitos en español, una vez más, en el espléndido concierto que ofreció en Madrid.

Le pregunté por su viaje interminable alrededor del mundo, por los resultados de la búsqueda perpetua de la verdad y de la belleza. Me reveló que lo mejor de todo aquello es que había encontrado la paz consigo mismo.

Suele decirse que si conoces a tus ídolos lo más probable es que dejen de serlo. Para mí aquella tarde con Battiato fue uno de los mayores privilegios que me ha dado el oficio de periodista.


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