Los discos de mi padre

Mi padre me presentó a Elvis y yo emprendí un camino que aún recorro con la esperanza de no llegar nunca al final, de seguir descubriendo música, canciones y discos.

Musicalmente no estábamos de acuerdo en casi nada, pero compartíamos un doble álbum que parecía exclusivo, un guiño de Elvis a un puñado de amigos, pues no podía adquirirse en ninguna tienda de discos. Nadie que yo conociera tenía aquel disco.

“Elvis para los fans españoles” está colocado en la estantería al comienzo de mi colección de vinilos. Así debe ser: es el origen de un universo particular en el que me muevo con reglas propias -mis hijos se desesperan cuando tratan de encontrar un disco en medio de mi caos organizado-. El álbum tiene un montón cicatrices, pero aún puede escucharse.

Hace quince días mi padre nos dejó. Nadie mejor que yo para hacer inventario de sus discos. Junto a algunos placeres compartidos y varias sorpresas -¡discos de jazz!- descubrí vinilos de los que aborrecí durante toda mi juventud y que ahora -no sé cómo- pertenecen a la banda sonora de mi vida. Pero lo que más me sorprende es que de pronto disfruto escuchándolos.

Así que algunos de los discos de mi padre están ya mezclados detrás de nuestro álbum doble de Elvis, incorporados a ese universo sonoro íntimo del que últimamente me cuesta tanto salir.


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